martes, 4 de noviembre de 2014

PECADOS PASTORALES

 Me sigue sorprendiendo encontrarme con gente de este “gremio” pastoral (catequistas, animadores,  etc.) que no terminan de encajar muy bien la distancia entre ese Ideal que anuncian con la debilidad y limitaciones de sus propia vida. No sé si tenemos suficientemente meditado aquello de San Pablo sobre  el “tesoro en vasijas de barro”.  Lo cierto es que en ese Evangelio del que hablamos se nos cuelan con demasiada frecuencia otros mensajes que tienen más que ver con nuestros propios deseos, miedos o necesidades no confesadas. 
            Quizás por eso reconozco que me cuesta cada vez más identificarme con esos brillantes documentos que elaboran muchos grupos y movimientos sobre el “Perfil del animador en la fe”. Yo al menos termino pensando si existen en la realidad esas mujeres y hombres perfectos e intachables, coherentes y bien formados que suelen describir esas páginas. Evidentemente parto de que anunciamos al Señor desde nuestras pobrezas: Él cuenta con ellas.
         Dicho lo cual, sí creo que tenemos determinados “defectos de fábrica” que se nos pueden colar sutilmente en nuestros ambientes y que, a mi entender, pervierten la raíz misma de nuestra identidad evangelizadora. Me permito citar algunos…

§  El desencanto permanente
         Pocas cosas hay más patéticas que el anuncio de una Buena Noticia hecho por personas que viven en una continua queja hacia todo y todos: los jóvenes, los valores de hoy, la falta de medios, las injusticias que supuestamente sufren, el no sentirse apoyado, los defectos de todos los que les rodean…  En realidad, una auténtica crítica debería estar reñida con la frustración y la desesperanza.  Lo que ocurre en esos casos es que la fe que se anuncia simplemente termina no siendo creíble: no trasluce la Bondad e Incondicionalidad de Dios, ni genera la percepción de los demás como hermanos e hijos/as de un mismo Padre.  Para evangelizar una realidad, por muy adversa o dura que sea, hay que aprender primero a aceptarla –con sus luces y sombras– y, más aún, amar todo lo bueno que encierra. Y sólo después, tratar de transformarla según los valores del Reino. Cuando en cambio se juzgan entornos y situaciones simplemente en función de unos objetivos ideales que no se alcanzan, todo se vuelve amargura. También resultan demoledores los especialistas en comparar personas e iniciativas pastorales con otros centros o grupos “modelo”, sin respetar la historia, la diversidad y la riqueza propia de aquellos que tienen delante. Todos estos son caminos sin salida.
§  La tentación de los números
          Es algo muy presente ya en la Biblia, pero no hemos terminado de superarlo. ¡Qué mal solemos llevar los templos y asambleas vacías! No está nada claro que la autenticidad de la experiencia creyente esté en consonancia con la cantidad de fieles. Las parábolas de Jesús hablan más bien de levadura, semilla, de tesoros escondidos; no debe ser por casualidad. Puede ser normal sentirse decepcionado ante determinadas propuestas que hacemos sin recibir el eco esperado, especialmente cuando llevan detrás horas de preparación y empeño. La cuestión es la forma que tenemos a veces de encajar nuestros fracasos.
         Personalmente, desconfío de los que “pasan lista” de los ausentes en los encuentros y convocatorias. Suele haber una tendencia demasiado fácil a recriminar a otros, frente a muy poca autocrítica. ¿No será más bien que a veces ofrecemos actividades que simplemente no encajan con las necesidades reales de los destinatarios? ¿Y no puede ocurrir que sigamos ofreciendo las respuestas de siempre a un mundo que no deja de cambiar? Porque la verdad es que cuando ofrecemos experiencias que tocan el corazón, no hace falta recurrir a grandes estrategias de marketing y menos a imponer la asistencia obligatoria…

§   La inflación del ego
          Me confieso culpable de conjugar el verbo “evangelizar” pensando  mucho en los demás y poco en mi permanente necesidad de conversión. Con ello, me sitúo en un continuo riesgo de percibirme sólo como sujeto, agente, protagonista. Y terminar llenando mi anuncio de mis propias proyecciones. No me parece que sea sólo mi problema. He conocido pocos entornos de Iglesia libres de protagonismos y rivalidades entre pequeños grupos. Parece inevitable. Ya San Pablo ya alertó contra los “superapóstoles” que van desobraos y son auténticos especialistas, sí, pero en generar mal rollo y división. Su cinismo es arrojar piedras a los tejados ajenos olvidando que los suyos también son de cristal.  Pienso que los cristianos deberíamos ser referentes en el trabajo en equipo, pero muchas veces damos un verdadero antitestimonio en este sentido. A consecuencia, demasiados planes pastorales se rompen por la necesidad de figurar de unos y las envidias mal disimuladas de otros. Se nota especialmente en los procesos de relevo de los responsables de parroquias y centros: hay quienes, con evidente falta de tacto, llegan a un nuevo destino para arrinconar todo lo anterior y pretender que todos se amolden a su infalible forma de ver las cosas. Y ya la cosa rechina cuando se trata de legitimar esas actitudes en nombre de Dios…

        Por suerte, seguro que somos capaces de reconocer a nuestro alrededor mucha más generosidad e ilusión que debilidad. Estas tres amenazas mencionadas tienen su contrapartida en tantas personas sencillas, bondadosas, que ponen siempre buena cara; que trabajan en la sombra y sin esperar recompensa. Damos gracias por ellas y pidamos la capacidad para encajar la debilidad propia y ajena, para ganar en esa mirada compasiva y paciente que sólo puede venir del Espíritu.
Fernando Alés Portillo

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