viernes, 24 de enero de 2014

CRÓNICA DE LA JORNADA DEL EMIGRANTE Y REFUGIADO EN SEVILLA


D. Santiago es un hombre de Dios. Esto se dice de las personas que lo transparentan continuamente porque es el centro de su vida. Los contactos previos a la Jornada y las horas que he pasado con él me han dejado el poso de su gran humanidad y sencillez, en sus gestos, en su forma de hablar, de mirar, de reír, y hasta de cantar y bailar… recordaba constantemente las palabras del Papa Francisco sobre la necesidad de evangelizar desde la alegría. 

No tengo espacio en este pequeño escrito para contar todo lo que transmitió, pero me quedo con dos mensajes. Por un lado, que lo más importante de nuestra Fe es que Jesús nos muestra a un Dios encarnado, que alcanza agotado del camino y sediento el pozo de Sicar y allí se produce el milagro del encuentro con una extranjera, mujer, samaritana, pecadora… que los transforma a los dos. Esta escena es la misma que se repite en su realidad, cuando Jesús, en la persona del emigrante subsahariano, hombre, mujer, agotado, aterrorizado, herido, sediento, pobre, busca en su iglesia un poco agua… y ese encuentro genera nuevas dinámicas de fraternidad. Por otro lado, el segundo mensaje que destaco es la reflexión sobre qué significa  entonces ser seguidor de este Jesús encarnado, qué significa compartir el pan de la Eucaristía, que se parte y reparte, y que requiere una entrega sin límites, un compromiso radical, que no entiende de momentos o reservas para metas personales, porque clama nuestra respuesta de escucha, acogida, compasión, denuncia…

Inma Gala nos contaba la realidad dramática de esos “puntos calientes” de la frontera Sur (los bosques junto a las vallas de Ceuta y Melilla, las playas y el puerto de Tánger). Nosotros vivimos al otro lado… ¿cuál es nuestra respuesta ante la muerte y el sufrimiento, ante la cruz?

En la Eucaristía del domingo hicimos posible entre todos que ese lugar de encuentro, que ese pozo de Sicar, que fue la parroquia de la Blanca Paloma durante un tiempo, volviera a resucitar. Sonaron nuevamente los timbales y las canciones africanas, el altar se llenó de ofrendas procedentes de todos los rincones del mundo y de corazones abiertos que habían hecho los niños de la comunidad parroquial. Moncho nos desgarró el alma con su canción “no me llames extranjero”. Hubo fiesta, baile y fraternidad. El Señor estaba feliz en medio de nosotros.

Inma Mercado
Agente Apostólico CVX-Sevilla

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